Había invitado
a un fotógrafo profesional a acompañarme.
Ese año el desierto florido estaba exuberante.
También él, apenas bajamos, deambulaba
extasiado, de aquí para allá, gozaba como niño. Sacaba fotos interrumpidamente
procurando no mancharse los impecables pantalones blancos.
Hice pocas
fotografías y gocé del viento marino, de
las pequeñas florcillas creciendo entre
las rocas, el musgo apenas renovaba entre las piedras a resguardo del sol. Procure quedara todo eso también en las imágenes.
-
Y
que te parecen las “fotitos”-me pregunto
algo ansioso.
Tome el fajo, y como si fuera un mazo de naipe,
lo corté en cuatro montones. Allí estaba
cuatro imágenes iguales, solo cambiaba el motivo, Corte otro más, idéntico
resultado.
Con una
brutalidad de la cual luego me arrepentí, le espeté.
-
Es
la misma imagen cuatrocientas veces repetidas.-
Mi amigo
calló, tal vez quiso arrepentirse de serlo.
Finalmente perseveró.
Analizamos
el trabajo, había dos tipos de imágenes. Una foto de carnet de la flor
individual, sacada con luz frontal y sin
detalles. Otras de grupos de plantas como equipo de fútbol estructuradas en dos niveles.
Años
después luego de otras varias ocasiones
yendo juntos al desierto Oscar me confesó:
ese había sido el momento crucial, cuando había iniciado su tránsito del
Registro a la Mirada fotográfica.
También se compró un mameluco.
Juan
Meza-Lopehandía.
14
Mayo, 2018
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